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Mayumana y los sentidos

Si hace unos días os hablaba del ritmo que me acompañó en un espectáculo, que me conducía a la calma, ahora debo escribir lo contrario, asistí al espectáculo de Mayumana, Momentum, donde el ritmo conduce a más ritmo, y más ritmo, y más ritmo…

Cuando uno va a un espectáculo, sea un concierto, una obra teatral o una ópera, mide su satisfacción en el porcentaje en que sus sentidos han quedado colmados (digo yo), y hacía tiempo que no asistía a un espectáculo con un porcentaje tan alto en este aspecto.

Primero debo admitir que por desgracia, aún estoy esperando, y aquí espero darles un empujoncito a los creadores teatrales, una obra en los que el gusto y el olfato tomen parte del disfrute de los sentidos ¿será por eso que siempre tengo tanta hambre cuando salgo del teatro?

Pasamos directamente a la vista y el oído, base del ritmo, y aquí debo admitir que rozamos la matrícula de honor. Es un espectáculo hecho para disfrutar sobradamente de estos dos sentidos, de hecho, las coreografías acompañan perfectamente al ritmo de las diferentes puestas en escena durante todo el hilo conductor. Luces y sombras, ritmo con o sin percusión, muchos, raros e inverosímiles instrumentos, efectos ópticos y acústicos, mucho movimiento de los artistas, e incluso vídeos e imágenes captadas in situ, sin dejar de sorprendernos para ayudarte a estar atento al espectáculo, y a que tus pies no se detengan…

Por último, no debemos olvidar el tacto. Y aquí entra en juego algo que me encanta últimamente en muchos espectáculos, incluso en la tele o la radio. Cuando el espectáculo obliga (en el buen sentido), a la participación de los asistentes, ayuda a diferenciarse del anterior, y divierte a ambas partes haciendo que el espectáculo se enriquezca, y esto puede ser simplemente a través de las palmas, pero también con la participación activa de algún visitante, o a través de alguna sorpresa como las de este espectáculo ¡¡¡ops!!! No desvelaré nada, ir a disfrutarla…

Guitarra y paz

El viernes pasado tuve ocasión de ir a un espectáculo de guitarra, en un espacio, cuando menos, diferente para mí. La Iglesia de Sant Jaume, en pleno centro de la ciudad de Barcelona.

Dentro del IX Ciclo Barcelona de maestros de la guitarra española, asistí al concierto de Manuel González, maestro guitarrista, según algunos, el mejor de guitarra española actual. Yo no se si será el mejor o no, pero ahí va mi relato para que decidáis:

Allí estábamos, en el bonito e inigualable entorno de una iglesia del siglo XIV, toda hecha historias de pasión, sufrimiento, traición, amor, secretos, y allí, sentado frente a frente con el maestro, tocando él sólo para mí, escuchándole yo sólo a él.

La calidez de la madera de los retablos, la imaginería y los bancos, la linealidad en los tonos de las paredes y techos de piedra, esa luz tenue a la vez brillante de las iglesias, el maestro, y su manera de acariciar su guitarra, hicieron que me refugiara en un entorno de paz y sosiego interior, difícil de imaginar unos instantes antes en pleno centro de la ciudad de Barcelona.

No podía evitar observar y seguir cuidadosamente sus manos, como inevitable era pensar en las caricias que dedicaba a su guitarra, que se convertían en imágenes de ternura en mi mente. Cada vez que los movimientos de su mano izquierda, alternando por el mástil de su guitarra, me conducían a fijar mis ojos en su rostro, me invadía la calma. Una calma que casi me obligaba a fusionarme con el entorno, yo, la piedra, la madera, él lo hacía sencillo y lo permitía: entra, entra, entra…

En ese mismo instante podía haber pasado a formar parte de las centenarias paredes con una sonrisa en mis labios, y un epitafio escrito en la negra caída hacia la muerte: murió tranquilo, en pleno bullicio.

Vaya poeta, me falta sólo la trompeta, que diría Gloria Fuertes. Bueno, me ha dado la vena poeta, pero es que lo pensé más o menos así, y así lo he compartido con vosotros, porque me apetecía.

¡Ah! No dejéis de escuchar, y si tenéis oportunidad, de ir a ver a este hombre.

Arte con lápiz

Tengo debilidad por el dibujo libre con lápiz o bolígrafo…

Grey Art